viernes, 31 de mayo de 2013

Nos vemos de nuevo viejo amigo


Hace un par de años me encontraba en la ciudad de México en una exposición de trabajos de Diego Rivera en el antiguo Palacio de Minera. Recuerdo bien haber sobrevisto muchas de las piezas puesto que mi mentalidad de turista solo me dejaba ser seducida por aquellas piezas que fuesen más llamativas o de trascendencia popular. Después de varias horas de pasear por la exhibición, una sala en particular llamó mi atención. Sin saberlo, me encontraba en la galería del cubismo de Diego Rivera. Dicha galería me llamó una atención particular ya que presentaba piezas tan distintas a las demás, sin tanta crítica social o política. Para mi dichas piezas eran pinturas que llamé  “como Picassos” puesto que  a mis casi recién cumplidos 17 años de edad, desconocía muchos de los términos de arte y el por qué Diego Rivera había pasado por este revolucionario movimiento avant-garde del siglo 20. La galería estaba casi “amontonada” con todas las demás piezas y la fotografía estaba permitida. Así que solo me reduje a un par de fotos del recuerdo y seguí con mi visita.

Años después, cinco para ser exactos, yo ya me encontraba viviendo al otro lado del rio con la limitante de no poder salir del país. Ya con el sentimentalismo provocado por tanto extrañar mi Ciudad de México,  me emocione mucho con el anuncio de una exhibición en el pequeño museo local de Arte. La exhibicion "Magnificent México: 20th Century Modern Masterworks" presentaba temporalmente obras de diversos artistas mexicanos incluyendo José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Alfaro Siqueiros y Diego Rivera. Ya con tanto llorarle a mi patria, no dude ni por un segundo en ir para aliviar mi hueco sentimental. En resumen, el museo presentaba una galería especialmente dedicada al cubismo de Diego Rivera, algo montado bastante decente con vigilancia de "NO-PHOTO" y toda la cosa. Recuerdo que ese día quedé  fascinada al descubrir que Diego Rivera en su estancia en París, y siendo un influenciado por el movimiento cubista y admirador de el Picasso mismo (como muchos otros artistas de la época) experimentó  con este tipo de arte. Las historias de lo que representaba cada retrato me resultaron ciertamente interesantes, pero más que nada hicieron que me diera cuenta que seas quien seas siempre verás con admiración a alguien más. Me sentí identificada y aliviada, mas por el hecho que los trazos de Diego no eran tan finos o impresionantes como los del artista que intentaba igualar. En fin, sentada sola en la galería leyendo y admirando, trate de tomar una foto de contrabando con mi chafisimo celular y proseguí a ver el resto de la exhibición.
Pocas horas después de iniciar este blog de bitácoras aleatorias, paseaba por mi memoria externa viendo mis viejas imágenes. Y pues sí, el cliché de: “Cual fue mi sorpresa” me pasó. Pues encontré aquellas fotografías que tenía observando los cuadros de Rivera en el Palacio de Minería y que resultaron ser los mismos que después me hicieron feliz hace un año en el museo de arte local. Mi reacción fue reír. Reí de cómo no significaban “la gran cosa” para mí en ese momento en la ciudad de México y como después si lo fueron en mi pequeña ciudad al sur de Texas. Pero más que nada, reí al saber que esos cuadros y yo estuvimos frente a frente en distintos lugares, distintos tiempos y diferentes contextos sin que yo me percatara.
Me gusta pensar existe un vinculo y que al igual que mi cultura y yo, esos cuadros cruzaron una frontera. Me gusta pensar que esta última vez ellos vinieron a visitarme como unos viejos amigos que no reconocí pero que me enriquecieron un poco más como persona al reencontrarse conmigo.





 

 

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